lunes, 23 de junio de 2008 |Hora: : :

Identidad

Pueblos Originarios: Los Selk’nam (Onas)
¡ Y A K H A R U I N ! -El Pueblo Ona-

Fecha Publicación: 23/06/2008  15:49  
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Pueblo fueguino, cazadores de guanacos, fuertes, altos, incansables- Su exterminio marcó una nueva “obra civilizadora” de la sociedad occidental -Los Selk’nam, se caracterizaban por el riguroso autocontrol de su comportamiento y su reserva; no había efusividad en los saludos y era de mala educación exteriorizar emociones- No solían demostrar dolor, asombro, sorpresa ni agradecimiento por atenciones o por obsequios-Tampoco podían manifestar hambre: aún cuando estuvieran atenaceados por ella no debían consumir el alimento hasta transcurrido un rato de obtenido y al recibir la comida, se esperaba que la recibieran con indiferencia- Resistían calladamente el frío, la fatiga, el hambre y la sed-“Demostrar dolor o aflicción, era signo de debilidad”-Así, infatigables cazadores y duros de toda dureza, de los vientos, las nieves y los fríos; estos primitivos habitantes de Tierra del Fuego, por años y años convivieron armónicamente con la naturaleza- Eran una pieza más de ese engranaje perfecto que, obstinadamente, resiste los embates del “desarrollo y la modernidad”-Caminadores incansable tras las huellas de los guanacos, vivían en paz con la vida-De costumbres nómades, recorrían el extenso territorio (haruwen) asignado para su familia , en busca de su sustento- - - - - - - -


El guanaco no sólo era la base fundamental de su alimentación. Con su cuero elaboraban sus calzados, sus escasas vestimentas, también los refugios temporarios contra los vientos, etc.
Este camélido americano, andador infatigable como sus cazadores, deambulaba por sobre casi toda la extensión de la Isla Grande, y había contribuido, decisivamente, para la supervivencia durante cientos y cientos de años de los Selk’nam, Estos, hombres altos y fuertes, poseían una cultura muy rica, en la que se destaca la celebración del hain, “ceremonia que tenía una gran riqueza de contenidos, numerosas facetas y, sobre todo, cuatro propósitos vitales:
a) la iniciación de los hombres jóvenes, los klóketen,
b) la “instrucción” de las mujeres, sobre quienes los hombres manifestaban su dominación, en especial durante la ceremonia,
c) reunir a personas que rara vez se encontraban; aún hombres que eran enemigos participaban en el mismo hain, y
d) realizar los rituales considerados indispensables para la perpetuidad de la sociedad”.
Pero también realizaban competencias deportivas como carreras pedestres, de resistencia y velocidad; las luchas cuerpo a cuerpo; el tiro al blanco, fijo o móvil, con arco y flecha; combates simulados, también con los mismos elementos; el juego con pelota, hecha con vejiga de animal, además de juegos recreativos e infantiles.
Más allá de conflictos menores, rara vez había enfrentamientos entre ellos. Estos se producían si algún cazador penetraba, sin permiso previo, a un haruwen que no era el propio.
Este pueblo originario de nuestra tierra del Fuego, corrió la misma suerte que el resto de los primitivos habitantes de la américa precolombina.
“ Los selk’nam se encontraron por primera vez con europeos en 1580: el español Pedro Sarmiento de Gamboa y algunos de sus acompañantes. El contacto se produjo en la costa occidental de la isla, en un lugar que Sarmiento después denominó bahía Gente Grande, en honor de los selk’nam. A pesar de que fueron recibidos pacíficamente, los españoles secuestraron a uno de los selk’nam. La lluvia de flechas que siguió hirió a un español, pero los selk’nam no lograron liberar al secuestrado”.
Así fue, según nos cuenta la investigadora Anne Chapman, el primer contacto “civilizador” del pueblo fueguino.
Luego de ese primer contacto, le siguieron otros esporádicos, pero, en general, del mismo tenor.
Pero el verdadero calvario y etnicidio comenzaría alrededor del año mil ochocientos ochenta, cuando los civilizadores de piel blanca y hablar extraño, inician la ocupación de la isla, en busca de oro o pasturas para la cría de ovejas.
El exterminio de este pueblo fueguino, conoció todas las atrocidades de la que sólo son capaces de cometer los seres más despreciables, que únicamente los anima el poder del dinero.
Fusilamientos, emboscadas, envenenamientos, cacerías, hasta ”misiones evangelizadoras”, todo servía para borrar de la faz de la tierra a este pueblo cazador, vigoroso y noble.
Lucas Bridges, en “El último confín de la Tierra”, narra una anécdota que muestra de cuerpo y alma al pueblo cazador fueguino:
Talimeoat y yo contemplamos largo rato y en silencio los sesenta y cinco kilómetros de colinas cubiertos de bosques que se extendían a lo largo del lago Kami, envueltos en los tintes del magnífico crepúsculo. Yo sabía que él buscaba en la distancia, cualquier señal de humo de los campamentos de amigos o enemigos. Luego se sentó a mi lado y olvidó su vigilancia y hasta mi propia presencia. Yo, al sentir el frío de la tarde, estaba a punto de proponerle que nos pusiéramos en marcha, cuando exhaló un profundo suspiro y dijo para sí, en voz queda, y con el acento que sólo un ona (selk’nam) puede dar a sus expresiones: >B>¡YAK HARUIN! (¡MI TIERRA!)”



 (csg)

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